Los prefacios de Adviento


Los prefacios de Adviento contienen una gran riqueza teológica, ya que en ellos se pueden observar las peculiaridades más significativas de este tiempo de preparación para la Navidad, ya sea por su carácter escatológico que pone la mirada en la última venida de Cristo al final de los tiempos (prefacios I y III); la importancia de los personajes más significativos (Isaías, Juan Bautista y María): "A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres" (prefacio II); o la preparación inminente de la Navidad cuyo papel protagonista recae sobre la Virgen María (prefacio IV).

 PREFACIO I DE ADVIENTO

LAS DOS VENIDAS DE CRISTO

33. Este prefacio se dice en las misas del tiempo, desde el primer domingo de Adviento hasta el día 16 de diciembre, y en las restantes misas que se celebran durante este mismo tiempo y no tienen prefacio propio.

V/.   El Señor esté con vosotros. R/.
V/.   Levantemos el corazón. R/.
V/.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R/.

EN verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

Quien, al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne,
realizó el plan de redención trazado desde antiguo
y nos abrió el camino de la salvación eterna,
para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria,
revelando así la plenitud de su obra,
podamos recibir los bienes prometidos
que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar.

Por eso,
con los ángeles y arcángeles,
tronos y dominaciones,
y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria: 



PREFACIO II DE ADVIENTO

LA DOBLE EXPECTACIÓN DE CRISTO

34. Este prefacio se dice en las misas del tiempo, desde el 17 al 24 de diciembre, y en las restantes misas que se celebran durante este mismo tiempo y no tienen prefacio propio.

V/.   El Señor esté con vosotros. R/.
V/.   Levantemos el corazón. R/.
V/.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R/.

EN verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

A quien todos los profetas anunciaron,
la Virgen esperó con inefable amor de madre,
Juan lo proclamó ya próximo
y señaló después entre los hombres.
El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría
al misterio de su nacimiento,
para encontrarnos así, cuando llegue,
velando en oración y cantando su alabanza.

Por eso,
con los ángeles y arcángeles,
tronos y dominaciones,
y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria: 



PREFACIO III DE ADVIENTO

CRISTO, SEÑOR Y JUEZ DE LA HISTORIA

35. Este prefacio se dice en las misas del tiempo, desde el primer domingo de Adviento hasta el día 16 de diciembre, y en las restantes misas que se celebran durante este mismo tiempo y no tienen prefacio propio.

V/.   El Señor esté con vosotros. R/.
V/.   Levantemos el corazón. R/.
V/.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R/.

EN verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor
himnos de bendición y de alabanza,
Padre todopoderoso, principio y fin de todo lo creado.

Tú nos has ocultado el día y la hora
en que Cristo, tu Hijo,
Señor y Juez de la historia,
aparecerá revestido de poder y de gloria,
sobre las nubes del cielo.

En aquel día terrible y glorioso
pasará la figura de este mundo
y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.

El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria
viene ahora a nuestro encuentro
en cada hombre y en cada acontecimiento,
para que lo recibamos en la fe
y por el amor demos testimonio
de la esperanza dichosa de su reino.

Por eso, mientras aguardamos su última venida,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:


PREFACIO IV DE ADVIENTO

MARÍA, NUEVA EVA

36. Este prefacio se dice en las misas del tiempo, desde el 17 al 24 de diciembre, y en las restantes misas que se celebran durante este mismo tiempo y no tienen prefacio propio.

V/.   El Señor esté con vosotros. R/.
V/.   Levantemos el corazón. R/.
V/.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R/.

EN verdad es justo darte gracias,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno.

Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos
por el misterio de la Virgen Madre.
Porque, si del antiguo adversario nos vino la ruina,
en el seno virginal de la hija de Sion ha germinado
aquel que nos nutre con el pan de los ángeles,
y ha brotado para todo el género humano
la salvación y la paz.

La gracia que Eva nos arrebató
nos ha sido devuelta en María.
En ella, madre de todos los hombres,
la maternidad, redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva.

Así, donde había crecido el pecado,
se ha desbordado tu misericordia
en Cristo, nuestro Salvador.

Por eso nosotros,
mientras esperamos la venida de Cristo,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos el himno de tu gloria:






Azul inmaculada


Fotografía © Miguel Castaño
En este blog acostumbro a escribir sobre música y liturgia, así que incluyo aquí la colaboración –más que interesante– de D. José María Ripoll, compañero sacerdote de mi diócesis.

Es una escena habitual el que en muchas de nuestras parroquias, en el día celebración de la festividad de la Inmaculada Concepción vemos emplear -allí donde los hay- ornamentos de color azul celeste y escuchar durante la homilía la explicación de que tal color se debe a un privilegio concedido a España en el siglo XIX por la ancestral defensa que nuestra nación ha hecho de ese dogma. Es conveniente recordar algunos pormenores del uso de este privilegio pues resulta cada vez más frecuente ver como este color -debido sin duda al celo mariano- es usado para celebrar otras advocaciones de la Santísima Virgen.

Lo primero que hemos que precisar es que el color azul, como tal, no es un color litúrgico. En efecto, son colores litúrgicos todos y solo aquellos que se prescriben en el punto 346 de la actual Instrucción General del Misal Romano, a saber, el blanco, el verde, el rojo, el morado, el negro y el rosado. El color azul es, hablando en puridad, un privilegio litúrgico. Esta distinción no es quisquillosa ni rebuscada, dado que según un venerable principio litúrgico, "todo aquello que en la liturgia no es obligatorio, está prohibido". El sentido del privilegio litúrgico es precisamente ser una excepción a una ley general, privilegio concedido por la Santa Sede de lo cual puede hacerse uso o no; esto es lo que lo distingue esencialmente de los colores litúrgicos facultativos como el rosáceo o el negro, que no constituyen excepciones, sino posibilidades ad libitum pero que figuran explícitamente en el conjunto de normas litúrgicas de la Iglesia.

El privilegio de poder emplear el color azul no es, sin embargo, el único concedido a España. Existe un breve pontificio, Ad hoc nos, rubricado por San Pío V (al que se añade el Pastoralis officii de Gregorio XIII) en el que se compendian todos los privilegios litúrgicos otorgados a nuestra nación, muchos de los cuales si bien han caído en desuso no debería ser óbice para conocerlos. Tales privilegios son el fruto de centenarias costumbres litúrgicas españolas -y no tanto una concesión graciosa en recompensa a determinados "méritos" como en ocasiones parece interpretarse- que recibieron tal reconocimiento después de haber sido solicitada la continuación de tales usos. Algo semejante ha sucedido con el color azul, que aún antes de la concesión del privilegio se habría comenzado a ser utilizar. Su uso resulta muy anterior a la misma proclamación del dogma por parte de Pío IX; por lo que parece,se comenzaría a utilizar en Sevilla al menos a raíz de la polémica entre maculistas e Inmaculistas en el siglo XVII. El primer reconocimiento de la posibilidad de usar este color tendría lugar en 1817, cuando Pío VII concedió su uso a la catedral de Sevilla para la fiesta de la Inmaculada y su octava. En 1879 la Sagrada Congregación de Ritos extendería este permiso a toda la archidiócesis hispalense. Finalmente el doce de febrero de 1883 según decreto promulgado por la Sagrada Congregación de Ritos se concede su uso las diócesis españolas y sus territorios para la solemnidad de la Inmaculada, su octava, y las misas votivas. Desde la supresión de la octava de la Inmaculada ya en el misal promulgado por Juan XXIII en 1962 acorde a las rúbricas de la instrucción Rubricarum instructum, el color azul queda reducido a la solemnidad de la Inmaculada y a las misas votivas de la Inmaculada. Y para las diócesis españolas, según lo que hemos indicado más arriba, cualquier otro uso está prohibido. No pensemos, sin embargo, que es nuestro país el único en el que veremos emplear vestiduras azules. Los antiguos territorios del Reino de Baviera (actual Estado Libre de Baviera) lo tiene concedido para la festividad de Santa María Reina y en Portugal para las fiestas de la Inmaculada y la Asunción. En todo caso, el uso abusivo de este color fuera de las fechas para las que está concedido supone desdibujar su sentido y el origen del privilegio: la devoción multisecular del pueblo español a la Inmaculada y la defensa del dogma. Fue precisamente en la archidiócesis de Sevilla, en el convento de San Antonio de Padua donde se conservarían -según la tradición- los más antiguos ornamentos confeccionados en color azul para celebrar a la Inmaculada.

Y es un color muy a propósito para celebrar este misterio. Es el azul quizá el más inmaterial y profundo de los colores. Recuerda al cielo, al agua, al aire, al cristal; Por eso también se habría usado en la liturgia cristiana medieval durante el tiempo de Pentecostés pues el símbolo del Espíritu Santo es el aire, el más inmaterial de los elementos, pues "Spiritus ubi vult, spirat". El azul intenso quiere expresar de este modo el desapego a los valores mundanos y la ascensión del alma que tiende hacia lo divino, como nos enseña Efrén el Sirio : “Hoy María se ha hecho cielo y ha traído a Dios, porque en Ella ha descendido la excelsa divinidad y ha hecho morada."Por eso, junto al blanco, es el color de la Inmaculada Concepción. Representa ese encuentro del cielo con la tierra en las Virgen ya concebida sin mancha, que anuncia esa fusión del cielo y la tierra, las dos partes del eje cósmico, unidos para acoger esa autocomunicación divina, y así se expresa de manera elocuente que Dios Padre ante la previsión de los méritos de María la haya querido adornar con este singularísimo privilegio.




La Corona de Adviento

En los últimos años se ha extendido la costumbre de colocar en nuestras iglesias la "corona del Adviento" o "corona de las luces de Adviento" pese a nos ser preceptiva, es decir, obligatoria. Esta tradición del Norte de Europa tiene un interesante carácter simbólico y catequético, aunque no se menciona en la Introducción General del Misal Romano, tampoco en el Ceremonial de obispos, donde en muchas ocasiones encontramos aclaraciones que no encontramos en los libros litúrgicos; sin embargo, sí se encuentra una referencia explícita en el Bendicional (nn. 1235-1242). En él se explica el sentido y el significado de la "corona" y dos modelos para su bendición: en el hogar familiar o en la iglesia.

1) Tener una corona en el hogar es una buena ocasión para orar en familia y prepararse conjuntamente para la Navidad. Este es uno de los casos en los que el padre o la madre de familia puede realizar la bendición. 

2) En el caso de hacerlo en la iglesia, ya que no es preceptivo, es recomendable que sea en la misa del domingo I de Adviento, justo después del saludo inicial, en lugar del acto penitencial. Esto último no quiere decir que se omita el señor ten piedad (ver en este mismo blog la entrada del Señor, ten piedad). Otra opción sería bendecirla en las I vísperas del I Domingo de Adviento. En el momento de encender las velas que correspondan se puede entonar un canto apropiado, como por ejemplo, el salmo 26 (27) - El Señor es mi luz y mi salvación.  

Con respecto al color de las velas de la corona no hay nada dispuesto, pero el sentido común nos lleva a poner las cuatro de color blanco (color habitual de las velas que utilizamos) o, incluso, tres moradas y una rosa, correspondiendo con el color litúrgico de cada domingo, respetando el rosa para el domingo Gaudete o domingo III de Adviento. 

CAPÍTULO XXXVII

BENDICIÓN DE LA CORONA DE ADVIENTO


1235. La «Corona de Adviento» o «Corona de las luces de Adviento» es un signo que expresa la alegría del tiempo de preparación a la Navidad. Por medio de la bendición de la corona se subraya su significado religioso.

1236. La luz indica el camino, aleja el miedo y favorece la comunión. La luz es un símbolo de Jesucristo, luz del mundo. El encender, semana tras semana, los cuatro cirios de la corona muestra la ascensión gradual hacia la plenitud de la luz de Navidad. El color verde de la corona significa la vida y la esperanza.

1237. La corona de Adviento es, pues, un símbolo de la esperanza de que la luz y la vida triunfarán sobre las tinieblas y la muerte. Porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre por nosotros, y con su muerte nos ha dado la verdadera vida.

I. RITO DE LA BENDICIÓN EN LA FAMILIA

1238. El ministro, al comenzar la celebración, dice:

Nuestro auxilio es el nombre del Señor.

R/.   Que hizo el cielo y la tierra.

Monición introductiva

El ministro introduce la celebración con estas palabras u otras semejantes:

Al comenzar el nuevo año litúrgico vamos a bendecir esta corona con que inauguramos también el tiempo de Adviento. Sus luces nos recuerdan que Jesucristo es la luz del mundo. Su color verde significa la vida y la esperanza.

El encender, semana tras semana, los cuatro cirios de la corona debe significar nuestra gradual preparación para recibir la luz de la Navidad.

1239. Uno de los presentes, o el mismo ministro, lee un breve texto de la Sagrada Escritura, por ejemplo:

Is 60, 1: ¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!

1240. Luego el ministro, si es sacerdote o diácono, con las manos extendidas, si es laico, con las manos juntas, dice la oración de bendición:

Oremos.
LA tierra, Señor, se alegra en estos días, 
y tu Iglesia desborda de gozo ante tu Hijo, el Señor, 
que se avecina como luz esplendorosa, 
para iluminar a los que yacemos en las tinieblas 
de la ignorancia, del dolor y del pecado. 
Lleno de esperanza en su venida, 
tu pueblo ha preparado esta corona con ramos del bosque 
y la ha adornado con luces. 
Ahora, pues, que vamos a empezar 
el tiempo de preparación para la venida de tu Hijo, 
te pedimos, Señor, 
que, mientras se acrecienta cada día 
el esplendor de esta corona, con nuevas luces, 
a nosotros nos ilumines 
con el esplendor de aquel que, por ser la luz del mundo, 
iluminará todas las oscuridades. 
Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

R/.   Amén.

Y se enciende el cirio que corresponda según la semana de Adviento.

II. RITO DE LA BENDICIÓN EN LA IGLESIA

1241. La «Corona de Adviento», que se ha instalado en la iglesia, se puede bendecir al comienzo de la misa. La bendición se hará después del saludo inicial, en lugar del acto penitencial.

Monición introductoria

Después del saludo, el ministro, dice:

Hermanos: Al comenzar el nuevo año litúrgico vamos a bendecir esta corona con que inauguramos también el tiempo de Adviento. Sus luces nos recuerdan que Jesucristo es la luz del mundo. Su color verde significa la vida y la esperanza. La corona de Adviento es, pues, un símbolo de que la luz y la vida triunfarán sobre las tinieblas y la muerte, porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre y nos ha dado la verdadera vida. 

El encender, semana tras semana, los cuatro cirios de la corona debe significar nuestra gradual preparación para recibir la luz de la Navidad. Por eso hoy, primer domingo de Adviento, bendecimos esta corona y encendemos su primer cirio.

1242. Luego el ministro, si es sacerdote o diácono, con las manos extendidas, si es laico, con las manos juntas, dice la oración de bendición:

Oremos.
LA tierra, Señor, se alegra en estos días, 
y tu Iglesia desborda de gozo ante tu Hijo, el Señor, 
que se avecina como luz esplendorosa, 
para iluminar a los que yacemos en las tinieblas 
de la ignorancia, del dolor y del pecado. 
Lleno de esperanza en su venida, 
tu pueblo ha preparado esta corona con ramos del bosque 
y la ha adornado con luces. 
Ahora, pues, que vamos a empezar 
el tiempo de preparación para la venida de tu Hijo, 
te pedimos, Señor, 
que, mientras se acrecienta cada día 
el esplendor de esta corona, con nuevas luces, 
a nosotros nos ilumines 
con el esplendor de aquel que, por ser la luz del mundo, 
iluminará todas las oscuridades. 
Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

R/.   Amén.

Y se enciende el cirio que corresponda según la semana del Adviento.

El tiempo litúrgico de Adviento


Origen y significado


1. El tiempo de Adviento tal y como lo celebramos ahora son las semanas que preceden y preparan la Navidad. "Adviento" significa "venida", por ello en este tiempo nos disponemos para acoger la venida del Mesías. El Adviento, la espera de la venida del Señor, es el primer paso de esta historia anualmente revivida en el Año Litúrgico.

2. Este tiempo tiene un claro origen hispano. En el Concilio de Zaragoza, año 380, se prescribe que los fieles vayan a la iglesia desde el 17 de diciembre hasta la Epifanía para orar y reunirse frecuentemente. Dicha práctica se consolidó en Francia a lo largo del siglo V, cuando Perpetuo de Tours (490) establece un ayuno de tres días a la semana desde San Martín (11 de noviembre) hasta Navidad. Pero el Adviento romano no se fija hasta el siglo VI con los Sacramentarios y Leccionarios que nos han transmitido sus formularios litúrgicos. Curiosamente, cabe destacar que solo en Roma el Adviento fue, desde el principio, una institución litúrgica, mientras que en los demás lugares fueron consideraciones ascéticas lo que constituyó el punto de arranque y las normas de su evolución.

3. El sentido del Adviento Romano queda perfectamente definido en los siglo VI-VII. En primer lugar es, según la concepción de las Galias, un tiempo de preparación a la solemnidad de Navidad, pero también un tiempo de "espera": espera para la Navidad y espera del retorno glorioso del Señor al final del mundo. De este modo, la espera cristiana, halla su expresión espontánea en los textos proféticos inspirados por la espera del Mesías: Isaías y Juan Bautista, las dos grandes voces de la liturgia del Adviento.

4. En este sentido, cabe recordar que el Adviento comienza cuatro domingos antes de la Navidad. El primer domingo miramos hacia la última venida de Cristo; el segundo y tercero, a Juan Bautista; y el cuarto, a María, la Madre de Dios. Aunque también cabe destacar en su estructura dos etapas: Desde el primer domingo de Adviento hasta el 16 de diciembre (invitación a prepararnos en la esperanza y en la conversión para la venida del Señor a nuestras vidas); desde el 17 hasta el 24 (más directamente orientada hacia las fiestas de Navidad).


Características y peculiaridades de este tiempo 

1. Palabras que resuenan en Adviento: 

– Emmanuel: Expresión hebrea que significa "Dios con nosotros" (Is 7, 10-14). Signo de la presencia salvadora de Dios en medio del pueblo.

– Marana tha: Expresión aramea = "¡Señor nuestro, ven!". Que las comunidades mantuvieron intacta (1Cor 16,22). Es la expresión del anhelo del retorno de Jesús. Nuestra traducción es "Ven, Señor, Jesús"

– Mesías: Palabra hebrea que significa "ungido". En la antigüedad los reyes, sacerdotes y profetas eran ungidos con aceite como signo de la fuerza de Dios. El Mesías era el "elegido" para liberar al pueblo de Israel. La traducción griega de "Ungido" es "Cristo" y así llama el NT a Jesús. 

– Precursor: Es el que anuncia o prepara algún acontecimiento o venida de alguna persona. Se aplica a Juan el Bautista.

– Profeta: Significa mensajero de Dios, el que habla en nombre de Dios. No es un adivino, aunque a veces predice acontecimientos. Isaías es el más representativo del Adviento.

2. Actitudes: 

– Esperanza: esta es la palabra que más resuena. En dos sentidos: la encarnación y la venida definitiva.

– Disponibilidad: "preparad el camino al Señor" es la consigna de este tiempo, es la llamada que Juan Bautista hacía en el Jordán a todos aquellos que se acercaban.

– Alegría: no tenemos que guardarnos toda para Navidad. El tiempo de "preparación" también es una alegría (ej.: un banquete o una fiesta).

– Oración: la Navidad que nos ofrecen los medios de comunicación social no debe desviar nuestra atención de lo verdaderamente importante, nuestra espera vigilante y oración como preparación a la encarnación del Mesías.

– Paciencia: el Adviento es una invitación a trabajar sin desfallecer, un año más, en espera: "Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Firmes en la fe.

3. Signos del Adviento: 

– Austeridad litúrgica: no se trata de una "cuaresma", sino de una espera gozosa (no se suprime el Aleluya, solo el Gloria). Eso sí, es un tiempo litúrgico austero: color morado, ausencia de flores, etc.

– Corona de adviento: tradición proveniente del norte de Europa pero ya arraigada (no preceptiva). Sentido catequético (4 velas - 4 domingos).

– El Belén: La mejor manera de terminar el Adviento es preparando el Belén. Pero tenemos que tener en cuenta que el "Niño" debemos colocarlo el 24 por la noche (Misa del Gallo) o el mismo 25. 


Repertorio musical en adviento 

1. Importancia del "propio".

– El canto de entrada nos introduce en el Misterio y, en el caso concreto de los cuatro domingos de Adviento, en el tiempo litúrgico que celebramos.

– El Salmo (como de costumbre, no debe ser alterado).

– Aprovechar para cantar los mismo cantos los 4 domingos; reservando un repertorio propio de Adviento que solo se utilice en este tiempo litúrgico.

2. Peculiaridades del "ordinario": 

El gloria es el gran canto de Navidad, por este motivo durante los domingos de Adviento no se canta.

3. Otras cuestiones: 

– El "Ave María" es un canto apropiado para el ofertorio del IV Domingo de Adviento.

– El canto para encender la vela de la Corona de Adviento debe ser adecuado, es decir, que haga referencia y mención al tiempo litúrgico que celebramos.

– Conservar cantos de la tradición. Sería ideal que pudiésemos utilizar en cada tiempo litúrgico un canto de nuestro tesoro musical. En este tiempo, uno de los más conocidos es el Rorate caeli.

– ¿villancicos? Debemos hacer lo posible por NO utilizarlos en nuestras celebraciones litúrgicas hasta el día 25 de diciembre; porque estos son expresión del Misterio que celebramos a partir de ese día. Obviamente debemos cuidar el contenido de los textos.



Jesucristo, Rey del Universo

Este domingo celebramos la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, es decir, el último domingo de nuestro Año Litúrgico; el próximo que celebremos será el I domingo de Adviento, dando comienzo así a un nuevo año. Resumiendo, hoy celebramos un "fin de año" que durará toda la semana. 

Cabe destacar que durante el Año Litúrgico la Iglesia nos invita a celebrar y a contemplar el entero misterio de Jesucristo. Dos momentos son los más importantes:

El nacimiento del Señor: NAVIDAD (con su cuatro semanas previas de preparación: Adviento) y su Muerte y Resurrección: PASCUA (con sus 40 días previos de preparación: Cuaresma)

Con la solemenidad de este último domingo del tiempo ordinario recordamos que el Señor Jesús se ha hecho presente en la historia, ha vencido a la muerte y ahora reina triunfante como Rey del Universo. Es una fiesta con un importante carácter escatológico, sobre todo porque sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pero todavía no es definitivo porque Cristo no reinará plenamente hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía. 

Por esta razón estamos llamados a construir el Reino instaurado por Jesucristo, a ser operarios de su mies, a trabajar su viña... en definitiva, a gastarnos y desgastarnos por su Reino. El Señor bendecirá a los que den de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo... y un día nos dirá: "hoy estarás conmigo en el paraíso".   

Jesu Rex admirabilis de Giovanni Pierluigi de Palestrina (1525-1594) dirigida por J. Eliot Gardiner.







Fieles difuntos y el Dies irae


El día de fieles difuntos recordamos a todos aquellos hermanos nuestros que ya han partido de este mundo pero que aún no gozan de la paz eterna y están necesitados de nuestras oraciones.

Durante siglos, en esta celebración y en todas las celebraciones exequiales se cantaba antes del evangelio la secuencia Dies irae, ya que era la secuencia propia de la misa de Requiem (misa de difuntos), la cual resonó en las iglesias de rito romano hasta la reforma del Concilio Vaticano II (1962-1965). 

Después de esta última reforma se suprimieron numerosas secuencias, ya que prácticamente cada solemnidad tenía una. Por ello, para primar la  Palabra de Dios sobre otros textos solo se conservaron 4 secuencias en el Misal/Leccionario: Victimae paschali laudesLauda Sion, Stabat Mater, Veni Sancte Spiritus. Aunque los benedictinos del monasterio de Solesmes, al confeccionar Graduale Romanum (libro para el canto de la Misa) incluyeron también la secuencia de la festividad de su fundador, san Benito: Laeta dies.

El Dies irae, como las demás secuencias, es una composición de carácter lírico que describe algún elemento concreto de lo que se celebra ese día. En este caso es un antiguo himno atribuido a Tomás de Celano (s. XIII) en el que de forma poética describe la crudeza del día del juicio donde a golpe de trompeta las almas son llamadas. Las de los justos podrán contemplar la gloria de Dios, pero las de los condenados arderán en las penas del infierno. El texto es muy interesante (leer texto completo), pero también es comprensible que se haya optado por eliminarlo de la liturgia eucarística, ya que la celebración cristiana de la muerte tras la reforma apunta más hacia la contemplación de Cristo resucitado, de ahí que se proponga el canto del aleluya antes del Evangelio.

Sin embargo, aunque ya no se utilice como secuencia dentro de la celebración eucarística, todavía resuena en la liturgia de la Iglesia durante el rezo de la Liturgia de las Horas como himno de las ferias de la XXXIV semana del tiempo ordinario, semana que tiene un profundo sentido escatológico antes de la celebración de Jesucristo, Rey del universo.

Algunos sostienen que aunque no se cante como secuencia puede introducirse en algún momento de la celebración eucarística, sin embargo, esto no tiene sentido, porque cada celebración ya tiene sus propias antífonas de entrada y comunión en el Misal (ver formularios de las misas para Fieles difuntos) Y para el ofertorio siempre se puede interpretar la antífona del Gradual, un motete polifónico inspirado en esta antífona o, sencillamente, buscar un canto en lengua vernácula que coincida con el texto bíblico que propone el Graduale. Aunque el silencio en una celebración de estas características también puede ser una buena opción.

Este texto del Dies irae se escribió para ser cantado –como todas las secuencias o himnos utilizados en la liturgia– y a lo largo de la historia ha sido interpretado de diversas formas, dependiendo de los estilos de cada época. Ahora ya no se escucha en nuestras parroquias esta secuencia pero durante siglos, antes del Evangelio de la misa de difuntos se entonaba esta melodía sobrecogedora que expresa casi un llanto por no caer en la condena eterna y que cuando menciona la "trompeta" que llama a los difuntos de los sepulcros (tuba mirum spargens sonum...) eleva la tesitura del cantus con un brillo digno de una trompeta que llama al juicio. 


Pero existen más ejemplos significativos en los que la "retórica musical" está muy cuidada. A mi me gustaría destacar dos. En primer lugar el Dies irae del Requiem de  W. A. Mozart (1756-1791), que con una pequeña orquesta (muy barroca todavía) y un potente coro nos hace sentir la violencia del juicio, sobre todo por aquellos que se condenan.




En segundo lugar, G. Verdi (1813-1901), que con una orquesta mucho mayor (propia del romanticismo) y un coro más numeroso que el de Mozart nos deja otra obra maestra con su Requiem, en concreto con el Dies irae. El inicio es para "morirse", la orquesta introduce al coro con unos "latigazos" sobrecogedores y éste explota con un llanto desgarrador con una escala cromática descendente. Parece que las almas condenadas luchan por escapar de las llamas del infierno. No pasa tampoco desapercibida la sección de viento-metal que alcanza su mayor protagonismo en la introducción al tuba mirum spargens sonum...



Detrás del Dies irae existe una profunda teología sobre los "novísimos" que tanto en el medievo como en la reforma de Trento se hizo muy presente. Al hablar de "novísimos" nos referimos a un término clásico de la escatología cristiana que describe los estados del ser: muerte, juicio, infierno y gloria; el purgatorio sería un estado intermedio de purificación antes de entrar en la gloria. Hoy quizás no se hable tanto en estos términos.

Encomendemos a nuestros difuntos y a todos aquellos que nadie recuerda y están necesitados de oración.


Todos los Santos

 1 de noviembre

TODOS LOS SANTOS

Solemnidad


El culto a los santos empezó sobre todo con el recuerdo de los mártires a partir del protomártir Esteban (cf. Hch 8,2). Desde los primeros siglos de cristianismo se dieron salvajes persecuciones de cristianos promovidas por diferentes emperadores romanos, provocando un número ingente de mártires tanto en Oriente como en Occidente, por ello, desde el siglo III ya hay constancia de la celebración conjunta de estos mártires, aunque cada iglesia la celebraba en una fecha diferente. El origen de la fiesta que recibe el nombre de todos los santos hay que situarlo en el siglo VII, cuando el Panteón romano, templo dedicado en su momento a todos los dioses (que es lo que su nombre significa en griego), se dedicó a la Virgen y a todos los santos. El aniversario de esta dedicación se fijó en el siglo IX para el 1 de noviembre.

Desde aquel primero de noviembre la Iglesia celebra con alegría el triunfo de aquellos que ya ven el rostro de Dios, los santos, tanto los canonizados como los innumerables «santos anónimos» que han merecido la corona que no se marchita (cf. 1Cor 9, 25).

Esta solemnidad litúrgica de Todos los santos viene enmarcada por la alegría de la fe, ya que ojalá un día estemos nosotros entre ellos. Esta celebración es un hermoso encuentro entre la Iglesia peregrina y la Iglesia triunfante. Nosotros, peregrinos todavía por este mundo alzamos la mirada al cielo pidiendo la intercesión de los santos y tomándolos como ejemplo para nuestra vida diaria (cf. Oración colecta). De este modo nosotros también estamos en camino hacia la santidad desde nuestro «aquí y ahora» para llegar algún día a la Jerusalén celeste, a la ciudad Santa (cf. Prefacio). Hoy más que nunca podemos subrayar que la Eucaristía es prefiguración de la liturgia del cielo y en ella se unen la Iglesia peregrina y la Iglesia triunfante para dar gloria al Dios y Señor, al tres veces santo cantando: "Por eso [nosotros] con la muchedumbre de los santos y de los ángeles... cantamos SANTO, SANTO, SANTO es el Señor.

Antífona de entrada
Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los santos. Los ángeles se alegran de esta solemnidad y alaban a una al Hijo de Dios.

Se dice Gloria.

Oración colecta
DIOS todopoderoso y eterno,
que nos has otorgado venerar en una misma celebración
los méritos de todos los santos,
concédenos, por esta multitud de intercesores,
la deseada abundancia de tu misericordia.
Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA
Ap 7, 2-4. 9-14 - Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas

Lectura del libro del Apocalipsis.

YO, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar diciéndoles:
   «No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que sellemos en la frente a los siervos de nuestro Dios».
Oí también el número de los sellados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.
Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente:
   «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».
Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo:
   «Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén».
Y uno de los ancianos me dijo:
   «Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?».
Yo le respondí:
   «Señor mío, tú lo sabrás».
Él me respondió:
   «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial - Sal 23, 1-2. 3-4ab. 5-6 (R/.: cf. 6)

R/.   Esta es la generación que busca tu rostro, Señor.

        V/.   Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
                el orbe y todos sus habitantes:
                él la fundó sobre los mares,
                él la afianzó sobre los ríos.   R/.
                
        V/.   ¿Quién puede subir al monte del Señor?
                ¿Quién puede estar en el recinto sacro?
                El hombre de manos inocentes y puro corazón,
                que no confía en los ídolos.   R/.

        V/.   Ese recibirá la bendición del Señor,
                le hará justicia el Dios de salvación.
                Este es el grupo que busca al Señor,
                que busca tu rostro, Dios de Jacob.   R/.


SEGUNDA LECTURA
Jn 3, 1-3 - Veremos a Dios tal cual es

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos:
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.

Palabra de Dios.

Aleluya
Mt 11, 28
R/.   Aleluya, aleluya, aleluya.

V/.   Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados —dice el Señor—,
        y yo os aliviaré.   R/.

EVANGELIO
Mt 5, 1-12a - Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
   «Bienaventurados los pobres en el espíritu,
   porque de ellos es el reino de los cielos.
   Bienaventurados los mansos,
   porque ellos heredarán la tierra.
   Bienaventurados los que lloran,
   porque ellos serán consolados.
   Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
   porque ellos quedarán saciados.
   Bienaventurados los misericordiosos,
   porque ellos alcanzarán misericordia.
   Bienaventurados los limpios de corazón,
   porque ellos verán a Dios.
   Bienaventurados los que trabajan por la paz,
   porque ellos serán llamados hijos de Dios.
   Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
   porque de ellos es el reino de los cielos.
   Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Palabra del Señor.

Se dice Credo.

Oración sobre las ofrendas
SEAN agradables a tus ojos, Señor,
los dones que te ofrecemos
en honor de todos los santos,
y haz que sintamos interceder por nuestra salvación
a los que creemos ya seguros en la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio:
LA GLORIA DE NUESTRA MADRE JERUSALÉN

V/.   El Señor esté con vosotros. R/.
V/.   Levantemos el corazón. R/.
V/.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R/.


EN verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Porque hoy nos concedes celebrar a la ciudad santa,
la Jerusalén celeste, que es nuestra madre,
donde eternamente ya te alaba
la corona de nuestros hermanos.

Hacia ella,
como peregrinos guiados por la fe,
nos apresuramos jubilosos,
compartiendo la alegría
por la glorificación de los mejores miembros de la Iglesia,
en la que nos concedes también ayuda y ejemplo
para nuestra debilidad.

Por eso,
con la muchedumbre de los santos y de los ángeles
proclamamos tu grandeza y te alabamos
aclamando a una sola voz:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Antífona de comunión          Mt 5, 8-10
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Oración después de la comunión
TE adoramos y admiramos, oh, Dios,
el solo Santo entre todos los santos,
e imploramos tu gracia
para que, realizando nuestra santidad en la plenitud de tu amor,
pasemos de esta mesa de los que peregrinamos,
al banquete de la patria celestial.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


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